1) Let There Be More Light 2) Remember A Day 3)
Set The Controls For The Heart Of The Sun 4) Corporal Clegg 5) A Saucerful Of
Secrets 6) See-Saw 7) Jugband Blues
“El segundo
LP de Pink Floyd es de transición”. El 99% de los sitios comienzan a reseñar
este disco con una frase más o menos
similar. Y en cierta parte tienen razón. Este disco se encuentra a medio camino
entre el rock “espacial” y el pop psicodélico, en el que el primero intenta
empujar al segundo por completo; en un año más, Floyd ya nunca más trataría de
componer canciones como “Matilda Mother”.
Ya con
Barrett fuera de la banda (aquí, sólo contribuye una canción), el grupo debía
encontrar fuerza en las habilidades de ls demás miembros de la banda,
especialmente en Waters y Wright. Al menos en lo que respecta a Waters, a
calidad de sus canciones mejoró con respecto a su composición de 1967. “Let
There Be More Light” abre con una melodía de bajo memorable. “Set the Controls
for the Heart of the Sun” es una canción oscura, casi como un mantra en el que
se repite el título de la canción, en el que el bajo también tiene una función
relevante; la voz de Waters apenas es audible, lo cual ayuda a crear una
atmósfera de misterio pero a su vez, de tranquilidad, por extraño que eso pueda
parecer.
Sin
embargo, la tercera canción de Waters, “Corporal Clegg”, es un desastre. El
inicio es bueno y memorable, con un tono pesado de guitarra por parte de
Gilmour. Pero luego, la canción se deforma en una especie de marcha militar,
con metales, pero cuyo resultado suena algo ridículo. La primera canción de
antiguerra de Waters y es notorio que intentó imitar el estilo
pop-psicodélico-infantil de Barrett, pero con resultados terribles, por decir
lo menos. Afortunadamente, los años por venir, el buen Roger desarrollaría un
estilo propio.
Hablando de
Barrett, en este LP contribuye con “Jugband Blues”, y es la única canción que
conecta en estilo y espíritu a este disco con “The Piper…”. Sin embargo, es una
composición con una melodía errática y menos memorable que los peores cortes
del disco anterior. Aún así, incluir esta canción es un buen detalle de
despedida al “Diamante Loco”.
Wright
también contribuye un par de canciones (“Remember a Day” y “See-Saw”). A pesar
de que no son canciones malas, no resultan demasiado memorables; incluso
parecen un par de composiciones que desearan pasar desparecibidas (al igual que
con otros tracks del álbum, la voz está mezclada de tal forma que apenas es
audible). Aunque hay buenas armonías vocales, pero son tan tranquilas y
relajada que casi pueden servir como “canciones de cuna” hippies. Al igual que Waters, parece que Wright deseaba imitar el
estilo de Barrett, pero desprovisto de los ganchos melódicos.
Al parecer,
el grupo estaba consciente de esta falencia en la composición individual (al
menos en este punto). ¿Cuál es la propuesta que ofrecieron? La solucion a esto
es lo que Floyd, al menos en su época dorada, sabía hacer mejor: trabajo en
equipo. La mejor pieza del álbum está acreditada al combo
Waters-Wright-Gilmour-Mason y esa es la que da título al disco. Es una
composicion multiparte, en la que se pueden diferenciar cuatro secciones y es
característica del grupo: no es, ni por asomo, un jam, o una improvisación sin sentido. Al contrario, es una pieza
totalmente estructurada.
Primero, se comienza con una atmósfera que va creando
un crescendo hasta que escuchamos un loop de batería y la guitarra de
Gilmour, que parece que la está aniquilando, para finalizar con el órgano de
Wright quien toca algo similar a un requiem. Puede parecer algo larga (dura 12 miutos)
pero es uno de los primeros experimentos (y de los mejores logrados) por parte
de Pink Floyd. Y, más para bien que para mal, este sería el modelo en el que el
grupo crearía su mejor música: como un esfuerzo totalmente grupal. Nadie en el
grupo, al menos ahora (o tal vez nunca, como lo muestran las carreras solistas
de los cuatro) poseía el talento suficiente para cargar con la responsabilidad
total de un álbum comlpleto.
Así que,
¿merece la pena escuchar “A Saucerful of Secrets”? Depende. Este es uno de esos
proverbiales “discos de transición” cuyas desventajas son las más notorias.
Aunque el track homónimo vale la pena
por sí mismo, el álbum es, más bien, una muestra de lo que vendría en el futuro
y no tanto una obra redonda. Proceda bajo su propio riesgo.

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